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¿Qué fue de Don Diego de Arias, señor del Coto de Marín?

Huyó del convento de Oseira y se refugio en los Caballeros Templarios

Hoy, en esta ventana histórica de Carriola de Marín, vamos a recurrir a las enseñanzas plasmadas por José Torres Martínez en su libro “Pequeña Historia de Marín” que viene a ser un completo tratado de vicisitudes de este pueblo que, en vida, tanto amó.

Nos dice el profesor Torres Martínez (José, hermano del gran pintor Manuel Torres) que Don Diego de Arias, guerrero él, del que todos conocemos que fue dueño y señor del Coto de Marín, donado por Doña Urraca como premio a sus ayudas bélicas, disfrutó poco de sus nuevas posesiones. Procedía del Deza y vino a vivir a Marín, a sus 70 años de edad, con su esposa, ya que no tenía hijos. Y antes del quinto año de estar por aquí enviudó y su pena le llevó a ingresar en el convento de Oseira donando todas sus posesiones a la Orden Cisteriense, como ya dijimos en una anterior ocasión. No hay que repetir de nuevo que, ¡con la Iglesia hemos topado! para percatarnos de que los frailes se quedaron con todo y con el apenado novicio, que fue un buen chico mientras le duró la pena, ajustándose a la vida monástica que, como es fácil imaginar, era de mucho pan, agua, madrugones, cultivos y rezar, rezar y rezar, continuamente como manda la vida de un convento y, sobre todo en aquel tiempo, pues hablamos de principios del siglo XII.

Ayunó, sirvió a los pobres, llevó los socorros espirituales a los enfermos y se comportó como un fraile ejemplar y, tanto, que el mismísimo Abad Don García le tenía como ejemplo de virtud y vocación y hasta se despistó de su habitual vigilancia sobre sus frailes para evitar desmanes o abandonos que en aquellos tiempos eran cosa muy grave, casi imposible.

Y hete aquí que, cuando más confiaban todos en Don Diego, ya con setenta y muchos años de vida, al noble le entraron las nostalgias de su guerrera vida y, en 1155 decidió que ya estaba bien de todo aquello y puso, como se suele decir, los pies en polvorosa, convirtiéndose en apóstata y fugitivo para desesperación de su superior religioso. Consiguió salir del convento, sabe Dios con qué disculpas, y acabó en compañía de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén que residían en Santiago. Dice el profesor Torres que “Allí cambió su hábito monacal por el de Caballero de aquella orden militar volviendo a su verdadera vocación”. Algunos frailes compasivos comprendieron bien aquella decisión de Don Diego reconociendo que ahora estaba donde toda su vida fue un soldado, inquieto guerrero y luchador por la causa contra los infieles, nada que ver con la tranquila pero monótona y sacrificada vida del Monasterio. Ni el Abad García ni cuantos intentaron aconsejarle por las buenas, consiguieron que el De Arias volviese, ni por asomos, al convento y ni siquiera lo consiguió recurriendo al Papa Adriano IV a quien mando a unos frailes emisarios para explicarle tan atrevida decisión del noble. Y el Papa Adriano envió un duro escrito para conminar a Diego de Arias a volver al redil, a lo que el dezano se negó rotundamente poniendo gravedad en su comportamiento pues, si se negó a atender al Abad García, qué no sería más grave hacerlo al mismísimo Papa .

Don Diego de Arias se mantuvo en la decisión de volver al ambiente guerrero en medio de los Templarios  y, con toda seguridad, desde las alturas eclesiásticas le habrán caído las maldiciones apropiadas al caso y el caso fue, en realidad, que a los pocos meses del conflicto, el exmonje y ahora recuperado guerrero, sufrió una muerte repentina, probablemente a principios del año 1157, y el conflicto acabó con su desaparición de este mundo habiendo conseguido llegar a una edad muy avanzada para la expectativa de aquellos tiempos.

.. ¡se acabó el lío!...¿Todo? (diría Astérix) qué va!, Muerto Don Diego ahora los Templarios de Jerusalén intentaron recuperar sus posesiones que estaban en manos de los de Oseira. ¡Ah!, pero eso ya corresponde a otro capítulo que sonsacremos de la magistral obra del profesor Torres Martínez. Otro día en Carriola de Marín

roslev