Volvemos a la inestimable fuente de Manuel Cendán Vilela quien, durante años, entretuvo su jubilación rebuscando datos de nuestra historia más reciente que quedaron plasmados en su magnífica obra “Marín en las tarjetas postales antiguas”. Hoy nos detenemos en el capítulo que se refiere a la Capilla Evangélica de Marín y a las vicisitudes que se vivieron para construirla en una época donde el protestantismo era casi novedad y la intransigencia casi una norma que, por fortuna, fue decayendo con los años como no podía ser de otro modo. La capilla evangélica fue tras su construcción, acaso el edificio con más empaque en el urbanismo de aquellos tiempos y en torno a ella, se consolidó una comunidad evangélica modelo de especial relevancia no solo a nivel local sino gallego.
Y todo empezó con la Revolución de 1868 cuando se proclama en España la libertad religiosa consagrada en la Constitución dictada un año después. Aquella nueva situación facilitó que evangelizadores británicos empezaran sus misiones en este país llegando, principalmente por los puertos de Vigo, Coruña y Carril. En Marín se abrió entonces el Registro Civil para “nacidos, casados y muertos” facilitando los casamientos ante el alcalde y su correspondiente registro.
Y hete aquí que tal situación no fue, como cabría esperar, del agrado de la “competencia” y al cura párroco que por aquí mandaba, Pedro González Cruz, que cuidaba y gobernaba el cementerio construido con fondos públicos, se le exigió la entrega de la llave del camposanto, llave que no quiso dar por lo que el ayuntamiento remitió un requerimiento al Gobernador Civil para que exigiera al cura el cumplimiento de la orden municipal. Paralelamente, 175 personas del pueblo remitieron una instancia el 7 de marzo de 1869 pidiendo el traslado del cura aludiendo, dice Cendán “a que tiene mal genio y mal comportamiento con sus feligreses como es probado y notorio”.
La relación cura corporación no era la más idónea para el entendimiento y ante la cerrazón del tal Don Pedro Cruz, el alcalde Francisco González Garay emite un bando en el que dice textualmente: “Hago saber a todos los vecinos que la Corporación acordó prohibir la presentación que perciben los curas párrocos, con el nombre de ofrenda y oblata consistente en granos, vinos, carneros, gallinas, huevos y otras especies así como los derechos de sepultura, y que en los entierros no se satisfaga a los curas más que los que hayan dispuesto los testadores o, a falta de testamento, lo que quieran dar buenamente los herederos. Y a que llegue la noticia el público, se fija el presente Edicto en los sitios de costumbre”.
Y surgió el detonante, como no podía ser de otro modo, algo que llegó a publicarse el 18 de marzo de 1880 en “La Ilustración Gallega y Asrturiana” según la cual, había fallecido un joven de 18 años y el cura de la parroquia se negó a prestarle los auxilios espirituales así como también a conducir el cadáver al cementario prohibiendo que le acompañase sacerdote alguno”. (Cabe pensar que, la causa de la absurda negativa del cura, hoy impensable, pudiera ser, como la tradición oral ha venido diciendo, que el joven falleciera a causa de un suicidio, lo que imposibilitaba la atención sacerdotal al respecto).
El 8 de mayo del mismo año es cuando llegan a Pontevedra dos misioneros protestantes que inician su evalgelización por la zona y uno de sus primeros signos públicos fue la invitación de Tomás Blamire, pastor evangélico, a la asistencia al entierro de un carabinero perteneciente a la iglesia evangélica.
Y con ese ambiente - apunta Cendán Vilela- llega a Marín el mismísimo Tomás Blemire y su familia quedando censado aquí el 31 de diciembre de 1882, residiendo en la Calle del Sol número 10. Blemire tenía 34 años; su esposa Rosseta Sarah 44 y sus hijos Lewis y Tomas, 8 y 5 respectivamente. Blemire inició su predicación en Marín y Santo Tomé de Piñeiro y supo buscar y encontrar el ambiente propicio en los sectores de gente humilde y marinera que estaban hasta el gorro de aturar al cura párroco de aquel momento. El pastor se implicó decididamente en dos cuestiones, de un lado, conseguir la normal utilización del cementerio para aquellos que morían fuera de la comunión católica y, de otro, la construcción de una capilla en Soage (Piñeiro). Consiguió la ubicación del “cementerio para disidentes” acordado en el Pleno del 26 de enero de 1890 y la reedificación de un local en Loira donde ejercer el culto. Pero la verdadera y ambiciosa pretensión de Blemire fue la de levantar una capilla evangélica en Marín, cosa que la comunidad protestante conseguiría no sin trabajo durante muchos años entre otras cosas por las difíciles relaciones entre la comunidad católica y la emergente de los protestantes.
Entre el 30 de marzo de 1892 y el 22 de agosto de 1897 se sucedieron los tortuosos capítulos de la intención evangélica de hacer posible la construcción de su capilla. Se adquirieron terrenos y se solictó la licencia que fue reiteradamente denegada por el ayuntamiento e incluso por el Gobierno Civil y, en medio de esta lucha administrativa, fallece Tomás Blamire en enero de 1894 sin ver cumplido su sueño, sucediéndole Juan Cecilio Hoyle que prosigue el empeño de la comunidad para conseguir la capilla. Adquiere más terrenos pero su petición vuelve a ser rechazada por el Pleno el 18 de agosto del 1895; vuelve a presentar instancia y proyecto para la edificación y se encuentra con que ahora hay otra propuesta municipal para hacer una plaza pública en el mismo sitio con objeto de hacer el mercado más grande que la que había en Sol. En agosto de 1896 fue Luis Wirtz, representando a Hoyle quien presenta un resumen de las actuaciones llevadas hasta el momento pero no recibe respuesta alguna por lo que se levanta acta notarial para dejar constancia de la arbitrariedad manifiesta del concello. En marzo de 1897, vuelve Cecilio Hoyle a solicitar licencia y esta vez, la Comisión de Policía Urbana informó contra la expropiación de terrenos para construir el mercado y encomienda la autorización de la construcción que se solicita por el pastor evangélico.
De poco valdría este giro de la autoridad municipal porque, el gobernador civil, en mayo de 1897 anuló el acuerdo plenario y dejó firme el de expropiar los terrenos para hacer la plaza pública incoando expedietne, además contra los concejales que habían tomado el acuerdo de la construcción de la capilla. Claro que la insistencia de Cecilio Hoyle acabó dándole la razón porque recurrió ante el Ministerio de la Gobernación los acuerdos del gobernador civil, y consiguió que, el Pleno del día 22 de agosto de 1897, se diera por enterado de la Real Orden de S.M. el Rey y, en su nombre la Reina regente, que en su conclusión final revocaba los acuerdos del gobernador civil aceptando el recurso de Hoyle, y dando validez a la decisión municipal de 28 de marzo concediendo el permiso para edificar.
Y tan laborioso trabajo administrativo dio su fruto porque, tras las obras, el 31 de diciembre de 1899 se inauguró la capilla, seguramente con el culto especial que cada noche de fin de año celebran los miembros de la comunidad evangélica. El edificio de la capilla protestante fue, durante muchos años, uno de los más destacados de esta villa.
Cabe añadir la realidad de las reticencias que durante muchos años tuvieron las comunidades religiosas católica y protestante, quizá por la poca colaboración y la cierta incomprensión entre los responsables de ambas, y a la católica, que era mucho más numerosa y antigua, se oponía la ejemplar cohesión de la minoría protestante. Por fortuna hoy no existe, salvo aisladísimos casos, motivo para enfrentamientos ni incomprensiones entre ambas.
Como colofón vuelvo a agradecer el contar con el tesoro informativo que dejó Manuel Cendán Vilela para la posteridad, tesoro del que seguiremos extrayendo capítulos para muchos desconocidos.