Carriola. Julio Santos Pena. 07.12.23
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La Navidad no empezaba, allá por los tiempos de mi infancia, hasta el mismo día en que se escuchaban los cantos del sorteo de la Lotería Nacional en pesetas, que era otra música. Y a veces ni eso porque los colegios exprimían lo que podían las inocentes cabezas de los niños y no daban “punto” (así se llamaban las vacaciones) hasta después del 22 de diciembre. Ahora la Navidad empieza en agosto con la venta de la lotería y en noviembre con los montajes de luces y la locura comercial. Y para que los “nuevos” sepan cómo vivíamos la navidad en los años cuarenta y cincuenta y para que los que quedan de aquellos tiempos recuerden lo vivido, reproduzco hoy, para quienes no lo hayan leído, uno de los capítulos de mi libro “Historias de Milo” que se refiere a este tiempo de Navidad; mejor dicho, a “aquel” tiempo de Navidad, que era otra cosa.
TIEMPO DE NAVIDAD
Desde hacía ya bastantes días que en la escuela se respiraba el ambiente prenavideño. En realidad, a Milo, lo que le importaba era dar vacaciones y dejarse de monsergas escolares que en definitiva no las consideraba más que como días de escuela como otros cualquiera aunque se cantara algún que otro villancico. La monja se empeñaba en recordar el pasaje del Niño Jesús, la Virgen y San José llamando a las puertas pero acabando en el humilde portal siendo visitados por los pastores que llevaban corderos, gallinas, miel y pan a montones y Milo acababa pensando donde iba a meter todo aquello la familia si estaban muy lejos de su casa y no tenían más que un chirico que no podría cargar con todo. Además el Niño no podría comer pan ni carne ni siquiera la miel que los pastores le llevaban según la profesora en tarros enormes porque acababa de nacer y él, que había visto a algunos bebés recién nacidos, tenía la certeza de que no necesitaría corderos ni gallinas.
Pero a Milo le gustaba el Nacimiento que se confeccionaba siempre en una esquina de la clase con musgo que todos aportaban, papel de plata de las tabletas de chocolate y de los paquetes de cigarrillos, que se convertía en ríos y cascadas, y serrín para formar los caminos y los desiertos por donde enfilaban los pastorcitos de barro su acercamiento al Portal. En realidad le gustaría poder introducirse en el “Nacimiento” y mover las figuras de un lado para otro, sobre todo hacer correr a los camellos de los Reyes Magos que ya se veían en la lejanía del simbólico paisaje para que llegasen cuanto antes, pero una vez terminada la obra, una simbólica barrera formada con bancos de la propia clase, se lo impedía además de un amenazante cartel que ponía “no pasar” y otro que decía “no tocar” delante de un platillo en el que había otra frase “limosna para el Belén”, en el que los niños de la clase echaban las monedas.
Cuando se acercaba el día de las vacaciones los niños cantaban con gran regocijo “Punto daremos / si no damos punto / nos escaparemos./ De los tinteros / salen los ratones / para que Sor Felisa / nos dé las vacaciones”, pero ni por ésas el tiempo corría a favor de la llegada del día de la Lotería en que Milo, por fin, escuchaba ya desde su cama la radio en la que cantaban números y premios los niños de San Ildefonso aunque para él, el mayor premio era no tener que ir a la escuela ni aquel día ni otros veinte más hasta pasar los Reyes Magos.

Época de mucho frío, Milo salía a la calle embutido en un grueso abrigo y con las “pantuflas” de fieltro en los pies, un calzado que aportaba el calor que emergiendo desde el suelo subía por todo el cuerpo y que, cuando la lluvia arreciaba, se introducían en las chanclas de goma negra con las que se podía chapotear a gusto en los charcos sin mojar los pies. El callejón era, como siempre, el punto de reunión de los niños de la calle que organizaban sus juegos del día totalmente despreocupados de otros deberes y las vacaciones iban pasando de fiesta en fiesta y cada una de ellas con distinto afán.
La tarde del 24 de diciembre, horas antes de la Nochebuena, el ambiente se transformaba. Por las ventanas de las casas salían los olores emanados desde las cocinas que preparaban el banquete nocturno. Las chimeneas mostraban, sin lugar a dudas, la febril actividad que las lareiras y las cocinas de carbón mantenían en aquella suculenta preparación. Milo y los demás niños pensaban en la noche que les esperaba ya que, en tan señalada fecha, podrían acostarse mucho más tarde que de costumbre pero sobre todo, después de haber degustado las lambonadas propias de aquellas navidades y entre ellos se repetían una y otra vez
-¡Esta nocheeeeee…! – marcando círculos continuos con la palma de la mano sobre sus barrigas y relamiéndose ya de gusto con la lengua el labio superior.
Milo sabía que cuando empezara la fiesta le pondrían delante un buen plato de bacalao con patatas cocidas acompañadas por coliflor y también que no tenía otro remedio que comer el contenido sobre todo porque respondía a una sagrada tradición familiar que no debería ser alterada. Su mente, en cambio estaba puesta en lo que vendría detrás que era a su juicio lo que realmente daba sentido a la gastronomía de aquella noche mágica. Y en efecto, su madre, retirados los platos del bacalao, extendía otros con nueces, uvas, pasas, piñones y peladillas a los que no se les podía tocar en tanto no se hubiera comido el melocotón en almíbar que también era pura tradición.
Mientras tanto el padre de Milo se disponía a hacer el reparto de los turrones y aparecían dos tabletas, una del duro y otra del blando. En casa de Milo eran seis personas a la mesa y el hombre trazaba con un cuchillo las rectas señales que indicaban con claridad otras tantas raciones iguales. El turrón blando se cortaba con toda facilidad pero para el caso del duro no quedaba otra que utilizar el mazo de madera que se golpeaba sobre el lomo del cuchillo cuya hoja seccionaba la tableta en las seis tiras. Aquel era el momento álgido para Milo que veía ante sí sus dos trozos de sendos turrones, sabiendo que no habría otros tales hasta la Nochevieja, y se disponía a darse el festín aunque siempre acababa dejando la mitad de cada uno para comerlo al día siguiente tras guardarlo celosamente en lugar secreto de la cocina.
Aquella mágica noche las calles estaban absolutamente desiertas. Nadie salía de sus casas, durante o tras la celebración gastronómica, salvo aquellos que a la hora señalada las cruzaban para acudir a la iglesia donde se celebraba la Misa del Gallo. Algunos años, ya avanzada la madrugada se oía el canto de villancicos interpretados por personas de la comunidad evangélica que tenían por costumbre salir en grupo por distintas calles del pueblo con esa intención. A Milo le sonaba a gloría aquel coro y asomado a la ventana por detrás de la persiana y procurando no ser visto desde fuera, comprobaba como aquellas personas de religión protestante eran iguales que los demás con lo que no acababa de entender aquel tácito rechazo a todo lo que fuese relacionarse con ellos. Los villancicos de los protestantes eran también iguales o parecidos a los que él cantaba en la parroquia y su escucha le llenaban de paz en noche tan señalada.

Aquella mágica noche a Milo se le permitía la licencia de tomar una copita de anís tras lo cual el chaval se notaba flotando en otro nivel. Algunas veces aparecía la botella de la sidra con un gaitero dibujado en su etiqueta y Milo también probaba de su espumoso contenido que, según decía la abuela, era más sano que el champán. Avanzada la noche, el niño no podía con los párpados de sus ojos y tomaba el rumbo de la cama donde quedaba profundamente dormido hasta la mañana siguiente en que, ya vestido con las mejores galas, acudía a la misa en la Iglesia Vieja oficiada por Don José, el cura párroco, que no desaprovechaba el momento de su cruzada contra los pañuelos en la cabeza que llevaban algunas mujeres que se habían olvidado del obligatorio velo; contra las que entraban al templo sin medias y sin olvidarse de recriminar a la mayoría por no haber acudido a la Misa del Gallo la noche anterior. Don José hacía sonar el trueno de su voz desde el púlpito ubicado en medio del templo y a Milo se le antojaba eterno su discurso y la ceremonia por lo que desviaba su atención hacia los dos trozos de turrón guardados de la noche anterior, que le esperaban en casa.
Tras aquellas dos primeras jornadas festivas, unos días de casi total libertad, casi siempre tenía que escuchar las recomendaciones, a veces hechas órdenes, en forma de pregunta
- Milo, ¿no tienes nada que estudiar para el colegio?
que le obligaban en alguna ocasión a coger un libro y sentarse en la mesa de la sala para aparentar interés por el estudio durante unos minutos desapareciendo del lugar en cuanto la vista de su madre se despistaba pues, de lo contrario, nada más moverse podía escuchar
- Milo, ¿ya acabaste de estudiar en tan poco tiempo?
a lo que el chaval respondía con un farfullamiento vocal difícil de entender pero que dejaba bien a las claras que terminara o no, su intención era regresar a la calle donde le esperaba la libertad total propia de las vacaciones navideñas.
Terminada aquella semana se repetía prácticamente con el mismo guión la fiesta en Nochevieja, con otra cena familiar hasta altas horas de la madrugada. Sólo cambiaba el menú ya que en lugar del bacalao con coliflor en los platos solía haber otro distinto aunque la abuela, fiel a la costumbre, sí repetía la misma caldeirada de la Nochebuena, y que la calle se llenaba de ruido con quienes acostumbraban a salir para desearse mutuamente un año feliz o para asistir a los bailes que las sociedades organizaban con tal motivo. A Milo, en realidad, tras la copita de anís y los excesos gastronómicos de la noche, sólo le interesaba colarse entre las sábanas blancas de su sillón-cama y dormir profundamente hasta la mañana en que, de nuevo, tendría que ir a la Misa donde Don José volvería a repetir más o menos las mismas sentencias y quejas de siempre.
Las vacaciones habían transcurrido ya en sus dos terceras partes y, cinco días después se celebraría la festividad de los Reyes Magos. Milo tenía puestas sus últimas esperanzas en aquella noche mágica en la que su ilusión se hacía realidad.
La tarde del quinto día del mes de enero se convertía en el penúltimo reducto de las emociones navideñas porque Milo vería a los tres Magos sobre los caballos por las calles de Marín, flanqueados por fortachones guerreros romanos que portaban antorchas ardiendo y lucían cascos y petos plateados, y espadas colgadas en su cintura. El niño esperaba con impaciencia en la Plaza del Reloj junto a otros como él, el paso de SS. MM. Melchor, Gaspar y Baltasar que por fín aparecían sobre sus enormes monturas saludando a todos los que a su paso les aclamaban. A Milo se le ponía un nudo en el estómago y mientras veía a los egregios personajes su emoción crecía por momentos. Los romanos marchaban a ambos lados de los caballos con paso marcial a ritmo de la banda de cornetas de y tambores de la Escuela Naval, y la comitiva pasaba por delante del niño perdiéndose a los pocos minutos, Rúa Real abajo, a cuyos lados se mantenían otros cientos de niños, niñas y personas mayores que, como Milo antes, intentaban hacerse ver saludando a los tres Magos que respondían desde las grupas con sonrisas y besos lanzados al aire. De pronto todo volvía a la normalidad. Era ya de noche y en pocos minutos la plaza quedaba prácticamente desierta. Sólo en los iluminados comercios se podía ver una agitada actividad.
Milo sabía que los Reyes Magos acudirían a su casa porque nunca le habían fallado y, aunque lo que le dejaban sobre la mesa del taller de costura de su madre casi nunca era lo que él había pedido en la carta que su padre había llevado a Pontevedra para que llegase más pronto a Oriente, aquello no restaba ilusión a la noche y no era menos cierto que cualquier cosa, con el componente de sorpresa, era bien recibida. La madrugada del día seis de enero, repitiéndose el ritual cada año, recién despuntado el día, Milo y su hermana bajaban las escaleras que unían las dos plantas de la casa con el corazón en un puño en tanto no descubrían los paquetes sobre la gran mesa del taller. Entonces, y casi de forma milagrosa, aparecían sus padres con la sonrisa de oreja a oreja al comprobar las primeras reacciones de ambos niños ante los paquetes, a los que el padre frenaba de inmediato descubriendo, con aparente pero ensayada sorpresa, una carta al lado de los regalos supuestamente escrita por los tres Reyes Magos.
- ¡Andaaaa! - decía el padre todo sorprendido – Aquí hay una carta de los Reyes. A ver Milo, léela - añadía extendiendo el brazo hacia el impaciente niño.
El chaval miraba con resignación aquel documento sabiendo lo que en él le decían los Magos pues, en todos los años anteriores, ya le habían conminado a ser bueno y cariñoso, portarse bien y sobre todo estudiar mucho. Sabía Milo que no podría echar mano a ninguno de los misteriosos paquetes en tanto no acabara de leer la dichosa carta escrita en un papel azulado y con una letra muy parecida a la de su padre y se resignaba a su lectura escuchando a cada párrafo los comentarios del hombre que vigilaba de cerca la correcta lectura para que no se perdiera detalle apostillando las recomendaciones más convenientes de los Reyes.
Por fin rematado el suplicio y habiendo prometido ser bueno y cariñoso, portarse bien y, sobre todo, estudiar mucho durante el resto del año que acababa de empezar, Milo se lanzaba sobre los regalos descubriendo un mundo insospechado, porque la mayoría de las veces no se correspondían con lo pedido días antes, pero siempre con gran satisfacción por las nuevas expectativas.
Aquel año, mientras se emocionaba con los descubrimientos y devoraba los primeros caramelos del paquete que siempre dejaba Baltasar al lado de los juguetes como agradecimiento al anís que los niños le habían puesto en tres copas la noche antes, junto a otros tres vasos de agua para los camellos, Milo vio cómo su madre urgaba en el interior de un armario lleno de retales y telas de su propio taller de costura extrayendo de su fondo más profundo un hermoso paraguas que le entregaba al padre y éste se mostraba muy contento con el regalo que los Reyes le habían dejado y al niño le extrañó, no que los Magos dejaran el paraguas para su padre, sino que su madre acertase, sin ninguna indicación, donde se encontraba aquel regalo. Pero no le dio más importancia volviendo a centrarse en el montaje de las vías de un tren que circulaba de forma continua en redondo y se podía parar levantando una palanca sobre las vías que accionaba un freno situado debajo del primer vagón y viendo de reojo cómo su hermana, entusiasmada, hacía andar a una muñeca, rubia como ella, que decía “ma-má” y pa-pá” girando su cabeza a derecha e izquierda con cada adelantamiento de sus piernecitas.
A media mañana Milo salió a la calle con la caja del tren y se apresuró a montar en el callejón las vías y, sobre ellas, la máquina y los vagones bien enganchados. Otros niños de la calle fueron apareciendo cada uno con su juguete preferido y pronto se formó la tradicional algarabía. Ya casi ninguno se acordaba de los personajes que les habían traído desde Oriente aquellos regalos y todos sabían que la Navidad de aquel año era ya historia y, tan sólo un par de días después, habría que volver a la rutina escolar dejando de lado los juguetes que sólo se podrían usar en algún rato del día de vuelta del colegio si no se los guardaban los mayores de la casa diciendo
- Para cuando seas mayor.
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Había pasado un año y las vacaciones de Navidad, otra vez, estaban ya a la puerta. De nuevo los villancicos, la Historia del Niño Jesús nacido en el pesebre y los pastores llevándole corderos, pan, frutos y miel, y la llegada de los días de asueto. Otra vez la Nochebuena, el bacalao con coliflor y los dos trozos de turrón, uno blando y otro duro, y la algarabía de la Nochevieja para acercarse a la noche mágica de los Reyes Magos. Los juguetes del año anterior eran ya solo débiles recuerdos y la ilusión por saber que vendría aquel año desde Oriente estaba renovada. Pero ya no sería todo igual desde que días antes de la noche mágica, una tarde Paquito, el andaluz, había dejado caer como una bomba en la calle
- Los Reyes son los padres
Milo y otros que tal cosa escucharon pusieron cara de sorpresa como si hubiesen oído un sacrilegio de los más graves.
- ¡Que sí!, ¡que sí!; los Reyes son los padres –insistía Paquito ante la perplejidad de unos y la sonrisa irónica de otros que ya estaban de vuelta y media
- Entonces… los que van en la cabalgata… ???
- Esos son unos hombres de la Falange que se visten de Reyes y salen de la Escuela Naval- respondió con la misma rotundidad añadiendo - ¿Cómo van los Reyes a llegar a todas las casas del mundo en una noche?
- ¡¡¡Porque son magos!!!- se resistió Milo aún reconociendo que esa misma duda le había asaltado con cierta frecuencia en los últimos meses.¿…Y los romanos? – preguntó Milo con al esperanza de poder desmontar la trágica revelación de Paquito
- ¡Qué romanos, hombre! – respondió con rotundidad en andaluz - Esos son también de la falange que se visten así... además – sentenció – ¡ahora ya no hay romanos!.
- Y mira, – insitió Paquito – ¿no ves que la gente compra estos días las cosas en los comercios…? Pues son para ponerlas en los zapatos la noche de Reyes mientras los niños duermen – matizaba sin piedad el andaluz añadiendo, ¿O tú los viste alguna vez?
- No- reconocía Milo perplejo mientras le asaltaba la imagen de su madre el año anterior rebuscando en el armario del taller para extraer el paraguas que los Reyes habían traído para su padre.
Milo se guardó muy mucho el decir nada en su casa pero tras aquella conversación de la que algunos niños participantes habían salido llorando, su desconfianza creció considerablemente. Durante las jornadas siguientes se había repetido la conversación y Milo empezaba a rendirse a la realidad.
Dos días antes de la noche mágica Paquito volvió a la carga
- ¿Veis?; los Reyes son los padres y yo ya sé donde tiene mi madre los juguetes escondidos – añadió mientras Milo abría los ojos incrédulo.
- ¿Dónde? - se atrevió a preguntar
- En el armario de su habitación - contestó el andaluz con toda seguridad a la vez que decía ¡Venid, venid, ya veréis! .
Paquito echó a andar hacia su casa y sus cuatro o cinco interlocutores le siguieron.
- Mi madre está en Pontevedra, seguramente a comprar más cosas y no hay nadie en casa – dijo para dar seguridad a todos.
El grupo se introdujo en el portal de la casa y Paquito abrió la puerta de la planta baja del edificio en la que vivían. Un largo pasillo conducía hacia la habitación de sus padres y en ella se introdujeron todos no sin dificultad por la falta material de espacio en su interior. Paquito abrió el armario y todos pudieron comprobar cómo dentro de él había varios paquetes envueltos con papel azul de bala. El andaluz extrajo el más grande y lo puso sobre la cama procediendo a desenvolver cuidadosamente su contenido que no era otra cosa sino un triciclo seguramente para Josemari, su hermano más pequeño. Tiró de otro paquete y al retirar el envoltorio salió una muñeca y ante el asombro de los asistentes a aquel espectáculo que apenas podían respirar por los nervios acumulados dijo
- Esta muñeca la pidió mi hermana Mari Carmen
Tanto a Milo como a los demás presentes en aquella demostración palmaria de las teorías de Paquito, ya no les quedaba duda de que tenía toda la razón y al chaval volvía a reproducírsele la imagen de su madre extrayendo el paraguas del armario el año anterior. Mientras tanto los hermanos de Paquito, con edades propias para creer plenamente en los Reyes Magos, se habían unido al grupo y al ver el triciclo y la muñeca, cada uno de ellos echó mano de su juguete y mientras la niña acariciaba a la que sería su nueva compañera de juegos, Josemari colocó el triciclo en el pasillo y empezó a pedalear sobre él recorriéndolo todo de principio a fin y de fin a principio mientras los demás les observaban todavía digiriendo la cruda realidad. Súbitamente, un ruido procedente de la puerta de entrada les hizo a todos volver sobre sí acurrucándose unos contra otros mientras oían pasos que, inexorablemente, se acercaban hacia la habitación. Era María, la madre de Paquito que al enfilar el pasillo vio a Josemari emulando al mejor de los ciclistas.
- ¡Ozú!, Pero…¡que paza aquí! – gritó tras ponerse pálida ente aquel espectáculo y mientras iba avanzando hacia la habitación
Paquito no sabía cómo reaccionar y cuando intentó arrebatar la muñeca de las manos de Maricarmen para devolverla al armario, la niña empezó a gritar protestando de forma estentórea mientras su madre estaba ya a un par de pasos de la habitación. Una vez dentro volvió a gritar
- Pero… ¡que paza aquí! – al ver que el armario estaba abierto y otros paquetes a punto de ser violentados sobre la cama y echando una amenazadora mirada a todos los que se encontraban en el habitáculo
Cuando la mujer se introdujo en el cuarto, Milo y los demás intrusos decidieron que era el momento de poner tierra por medio y salieron en fila por el pasillo a toda velocidad abriendo la puerta precipitadamente. No así Paquito al que María, su madre, le impidió la salida colocándose entre los pies de la cama y la pared lo que hizo imposible su fuga. Antes de salir definitivamente de la casa, todos pudieron oir el seco y repetido sonido de la zapatilla de María en el culo del pobre Paquito al que durante dos días no se le vio por la calle, víctima del castigo al que fue sometido y que le tuvo recluido en su habitación todo el tiempo.
Cuando el andaluz se reincorporó a la normalidad callejera , al verlo, todos lo rodearon para saber lo que había ocurrido tras el incidente
- Mi madre me puso el culo negro con la paliza que me dio y me dijo que este año los Reyes no me echarán nada.
- ¿Y tus hermanos? Preguntó Milo
- Bueno, como son pequeños mi madre les dijo que los Reyes habían dejado todo allí para no ir tan cargados en la noche del día cinco y que había que dejar todo guardado para que no se enfadasen. Como son pequeños- repitió – se lo creyeron .
A Milo, cuya decepción había sido grande por la experiencia vivida, aquello de “como son pequeños” que había dicho Paquito al referirse a sus hermanos, le supo a gloria porque empezó a sentirse verdaderamente mayor.