Carriola.17.08.26.
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Marín toma el barco: quince años de corsarios y memoria
Manuel Villanueva
La Festa Corsaria ha alcanzado su decimoquinta edición y ha crecido hasta convertirse en una de esas celebraciones que ya no necesitan demasiadas explicaciones. Llegado agosto, el pueblo de Marín sabe lo que tiene que hacer. Aparecen las casacas, los sombreros, los pañuelos, las banderas inglesas, las mesas en mitad de las calles, los barcos, los cañones, las músicas. Los niños aprenden enseguida que alguna vez hubo aquí corsarios y los mayores aceptan encantados regresar por unas horas a 1800.
La fiesta comenzó a celebrarse en 2012 y recuerda la batalla de Aguete del 22 de agosto de 1800. Allí, el corsario marinense Juan Gago de Mendoza participó en la defensa de la fragata Alcudia, que transportaba un importante cargamento de plata hacia Pontevedra, frente al intento de apresamiento de las fuerzas inglesas.
Por tanto, Marín no necesitó inventarse una leyenda, ya la tenía.
Ser portador de una historia.
Dice el escritor Ramón Pernas que los gallegos somos "trabajadores de las historias que hemos escuchado": relatos de náufragos, emigrantes, aparecidos, guerras y vidas que fueron pasando de boca en boca durante aquellos inviernos infinitos de Galicia.
La frase parece escrita para explicar lo que ha sucedido estos días en Marín. También porque como señala Manuel Rivas, en Galicia nadie debe irse sin comer, sin beber y sin escuchar un cuento. Una comunidad necesita de sus propios cuentos. No solamente para saber de dónde viene, sino para reconocerse. La historia es una forma de domicilio.
Marín tiene detrás de sí un formidable almacén de relatos: navegantes y marineros, pescadores, temporales, vapores, conserveras, la Escuela Naval, barcos que partieron hacia medio mundo y aquellos corsarios que durante siglos encontraron en esta parte de la ría un lugar privilegiado desde el que hacerse a la mar. La propia documentación turística local recuerda la importancia que tuvo el corso en la villa y conserva la memoria de familias vinculadas a aquella actividad

y de lugares como el Pazo de Chirleu.
De entre todos aquellos nombres emergió el de Gago de Mendoza. Un personaje perfecto para que la Historia — así, con mayúscula— acabase bajando de los libros a la calle. Eso es lo que aquí ha ocurrido.
Durante un fin de semana ya no hay que explicarle a un niño quién fue Gago de Mendoza. Se lo encuentra doblando una esquina. ¡ Qué manera más hermosa de enseñar la historia!
Cuando el pueblo decide entrar en escena.
Ninguna fiesta popular sobrevive quince ediciones sólo porque tenga un buen argumento. Necesita actores: aquí lo son los marinenses y visitantes.
La Festa Corsaria ha entendido algo esencial: no basta con contemplar una celebración; hay que formar parte de ella.
Marín asiste pues a su fiesta, la representa.

Los vecinos que se visten, las familias que preparan una mesa, los hosteleros que transforman sus establecimientos, el grupo de amigos que lleva semanas pensando la decoración, los niños convertidos en pequeños corsarios, los músicos, los comerciantes, quienes cuelgan telas de los balcones o recuperan por una noche una vajilla imposible. Todos participan en la función.
El año pasado el Concello hablaba de la edición más multitudinaria hasta entonces, con una implicación extraordinaria de hostelería, colectivos y grupos particulares, destacando precisamente el trabajo que realizan vecinos y asociaciones con la decoración y la indumentaria. Este año, según las noticias, la participación se ha incrementado.
Una fiesta puede contratarse. Una fiesta popular, no. Pueden contratarse una orquesta, una compañía teatral, unos fuegos artificiales o una banda de música. Lo que no puede contratarse es a un pueblo dispuesto a participar. Marín participa, durante un par de días, acepta el pacto de la ficción.
"Las cosas anormales son las que hace la gente normal", otra vez Ramón Pernas. Eso ocurre en agosto, aquí en Marín. Gente perfectamente normal sale de casa con un trabuco al hombro, se sienta a comer en mitad de la calle, discute amistosamente sobre ingleses y corsarios, aborda imaginariamente barcos y espera una invasión con la tranquilidad de quien sabe que después habrá música, vino y cena.
La historia convertida en plaza.
Las fiestas suelen transformar además la geografía. La Alameda deja de ser únicamente la Alameda; las calles del centro abandonan durante unas horas el presente; aparecen embarcaciones corsarias e inglesas, pregoneros, mercados, desfiles, música y representaciones. El programa de esta XV edición ha vuelto a construir ese escenario colectivo en el que la villa se convirtió en una enorme representación al aire libre. Y entonces ocurre algo curioso: caminas por el Marín de hoy mientras contemplas el Marín que pudo haber sido. Las ciudades poseen esas capas: debajo de nosotros, alguien que caminó antes.
El poeta Carlos Oroza escribió aquel precioso verso: "En el norte hay un mar más alto que el cielo". Por ese mar, más alto que el cielo, llegaron durante siglos noticias, mercancías, amenazas, riquezas, despedidas, regresos, santos y milagros; y los ingleses.
La batalla de Aguete posee todos los ingredientes que necesita una narración: unos barcos enemigos, un cargamento de plata, una fragata que hay que proteger, un héroe local y la incertidumbre del mar. Solamente faltaba que, dos siglos después, alguien gritase: ¡Acción! Y Marín comenzara a representar la película.
Quince ediciones después.
La Festa Corsaria ha llegado así a su decimoquinta edición sin dejar de crecer.
Lo hizo porque encontró un acontecimiento histórico verdadero sobre el que construir un relato, pero sobre todo porque consiguió algo bastante más difícil: que los vecinos lo hicieran suyo. Por tanto ésta ya no pertenece solamente al Concello que la organiza, es de quienes prepararon durante días sus trajes, reservaron una mesa, quienes llegaron de fuera, de los niños que hoy empuñaron una espada de madera y que dentro de treinta años traerán probablemente a sus hijos. Esa es la fuerza de una tradición. No cuando algo es antiguo, sino cuando alguien decide entregárselo al siguiente.
Los gallegos siempre hemos defendido esa corriente de sentir y contar, de recoger las historias para que no se pierdan. "Sigue, sigue, sigue", dejó escrito Oroza en Malú. Esto podría aplicarse perfectamente a Marín: Seguir contando y celebrando.
Que vuelva Gago de Mendoza, que regresen los ingleses, carguen los cañones, las calles se llenen de mesas y que alguien descorche una botella mientras pasa un corsario.
Que los niños pregunten qué ocurrió en Aguete aquel agosto de 1800 y que alguien se lo cuente. Esa será siempre la verdadera victoria de la Festa Corsaria: conseguir que, quince ediciones después, la historia deje por unas horas de ser pasado para volver a suceder. Mientras haya un pueblo dispuesto a representarla, ningún barco cargado de memoria terminará nunca de hundirse.