Un artículo de Santiago Rosales Ardá (+)
Carriola.18.05.21
Hace unos días recordábamos en Carriola de Marín al dibujante marinense Santiago Rosales Ardá cuyas obras a plumilla sorprenden especialmente a quienes vivieron el primer tercio del pasado siglo en Marín porque muchos de aquellos motivos ya no existen. Y rebuscando una colaboración que en el año 2000 hizo el propio Rosales Ardá en una publicación relacionada con Marín que era de mi responsabilidad, he encontrado ésta en la que nos cuenta las cosas de ese “misterioso” puente de hierro que cruzaba el Lameiriña y que él mismo dibujó con tanta precisión como su propio relato que a continuación reproducimos:

¡Aquel Puente de Hierro!
Era, en verdad, un minúsculo puente de apenas 30 metros que unía en la misma desembocadura el Río Lameiriña, ambas orillas. De una parte el barrio de La Ribera núcleo inicial y embrión de lo que fue el Marín medieval, artesano y marinero. De la otra, la denominada Banda do Río habitada exclusivamente por marineros pescadores.
Fue construido en la segunda década del pasado siglo coincidiendo con las obras de encauzamiento del río y posterior acondicionamiento de “Polígono de Tiro Naval Janer” que conocíamos vulgarmente por “A Base”.
El puente de hierro separaba dos ambientes que, para nosotros, los muchachos de edad escolar en aquella época, y más en la veraniega, era como traspasar una frontera sin control ni aduana, que nos permitía penetrar en un mundo inédito, lleno de sorpresas y emociones lúdicas.
La veda de paso se rompía cuando en las escuelas dábamos “punto” y comenzaba entonces la estampida de grupos de muchachos, unos remontando el “Carreiro do Forte” para llegar a la carretera general que los llevaba a la playa de Portocelo o Mogor; otros con sus “liñas”, cuidadosamente liadas a un huso de corcho, atravesaban las remblas de atraque hacia el malecón donde lanzaban sus rudimentarios anzuelos a la cosecha de las tornasoladas fanecas, serráns o alguna que otra maragota.
Es en aquellas épocas doradas de nuestra niñez y pubertad cuando mis recuerdos se centran en aquel buque de guerra, ya destartalado y abarloado al costado de estribor del “Peirao do Forte”. En su popa y con letras de bronce se leía “Conde de Venadito” y sabíamos que era uno de los últimos de Filipinas, que disfrutaba del reposo del guerrero en espera de su definitivo desgüace, pero aún rindiendo su último servicio sirviendo de sollado a una promoción de marineros, timoneles, señaleros, a los que muchas veces veíamos haciendo prácticas de sus respectivas especialidades con sus banderas de señales en lo alto del puente de mando.
Después de allí se entraba, haciendo un giro de 90 grados, en la zona propia de “La Base” con una nave de más de cien metros de longitud en la que, a través de sus numerosos ventanales, se divisaban imponentes modelos de baterías costeras en exposición permanente en las que destacaba el esmerado brillo de metales y mecanismos. El marino centinela del portalón avisaba a veces con una señal aquellos que se arrimaban demasiado a los ventanales
Después seguía un cerro en el que se encontraban los edificios para Jefes y oficiales. Al pie una explanada abierta a la ría con las casamatas de las baterías para la práctica de tiro y también un pequeño hangar que cobijaba al hidroavión “Donier”, artefacto que, precisamente en la época veraniega, era bajado al mar y al que veíamos desde el mismo malecón realizar sus despegues sobre la ría, sus evoluciones aéreas y su posterior amerizaje que, para nosotros, era siempre un novedoso y atrayente espectáculo.
También recuerdo ver atracados a los esbeltos torpedos de la época con sus recios y característicos botalones de proa junto con los remolcadores “Ferrolano” “Cartagenero” y “UAD-Martina”, jefe del grupo, por ser más potente en el arrastre de los gigantescos blancos dameros al centro de la ría para la práctica de tiro.
Más allá el muelle propiamente comercial, zona con calado suficiente para escala de los barcos de dos navieras bilbaínas, la “Ibarra” y “Sota y Aznar”.
El puente de hierro era la entrada a aquel mundo distinto y quiero citar un anécdota que marcó por un tiempo nuestro cotidiano paso por él. Y fue que un mozo pontevedrés, durante la década de los treinta, tuvo la osadía de remontar con su moto uno de los arcos situados a ambos lados del puente, hazaña que fue muy comentada en su día y que causó un gran impacto entre la juventud. Hay que matizar que el ancho del citado arco era de 30 centímetros y en su superficie había una considerable cantidad de remaches que lo ensamblaban al andamiaje en forma de aspas al piso horizontal para paso de vehículos y peatones. La altura máxima del arco llegaba a los 25 metros sobre el pavimento y bastantes más sobre el nivel del mar, especialmente con marea baja.
Aquella “hazaña” puso inicio a una competencia entre los jóvenes que era como un desafío para ir por el “paso peatonal aéreo”, aventura que algunos iniciamos y culminamos con la íntima satisfacción del valor supuesto aún en la mayor irresponsabilidad propia de la juventud.
Pero no todos conseguían el título. La clave del éxito estaba en una mentalización previa ya que, una vez iniciado el ascenso, había que concentrarse exclusivamente en la superficie metálica, haciendo especial abstracción de todos los detalles de alrededor, o el de la altura, para evitar el vértigo que era lo que hacía fracasar los intentos.
Muchos lo intentaron y otros muchos más ni siquiera probaron pero hete aquí que llegó un chaval madrileño que estaba de veraneo con su familia y sin pensárselo mucho, presumió de su suficiencia asegurando que nunca había sentido vértigo y ni en el último piso de Telefónica en Madrid donde había estado muchas veces. De nada valió que le explicáramos la dificultad y el peligro porque inició con soltura el recorrido. Pero, al llegar a la cima no pudo evitar el “tembleque” de piernas que le obligó a arrodillarse sobre el arco, asirse fuertemente con sus brazos alrededor del mismo y empezar a gemir y a suplicar para que alguien lo bajase de allí. Le salvó el casual y afortunado paso del funcionario de FENOSA con su sempiterna escalera al hombro, que atendió a nuestros gritos y rescató al muchacho de su peligrosa situación. La cosa, por fortuna, no pasó de un susto para el atrevido madrileño que por fin conoció lo que era el vértigo.
Años después, las obras de la Escuela Naval hicieron desaparecer el puente de nuestras aventuras vacacionales. Pero… ¡qué gran puente era nuestro pequeño puente de Hierro!